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“¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc. 24, 5)

Hermanos, hoy comenzamos a vivir el tiempo pascual, en mi opinión el tiempo litúrgico más alegre de todo el año, pues recordamos que Jesucristo ha resucitado, abriéndonos así las puertas del cielo y mostrándonos cuál es el destino de todo cristiano: La resurrección. Resurrectio Domini, spes nostra (La resurrección del Señor es nuestra esperanza). Además debemos recordar con San Pablo que vana sería nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado.

Sin embargo, no debemos caer en la tentación de olvidar que para que Jesucristo haya resucitado, primero tuvo que pasar por la Cruz, por ello no hay que olvidar que acabamos de celebrar la fiesta más importante de nuestra fe, la Semana Santa, dónde la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Recuerdo esto porque muchas veces se nos olvida que el dolor, la incomprensión, el rechazo, es parte de nuestra vida como cristianos, como dijo el mismo Cristo “si el mundo os odia, no olvidéis que a mí me ha odiado primero… el servidor no es más grande que su señor” (Jn. 15, 18-20).

¿Por qué nos odia el mundo?

“Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, él mundo los odia” (Jn. 15, 19), no somos del mundo, sino que pertenecemos a Cristo, es por eso que el mundo nos odia. Por eso no es novedad los continuos ataques que padece la Santa Madre Iglesia por errores y pecados cometidos por hijos de la Iglesia, llamados a ser luz en medio del mundo que sufre en tinieblas, pecados que son aborrecidos por todos los que somos parte de la Iglesia, comenzando por el Santo Padre y terminando en el más sencillo laico. Estos ataques se extienden a la persona del Papa Benedicto XVI, al decir calumniosa y falsamente que él conocía y consentía estos pecados, y si embargo no es más que un intento de desprestigiar y hacer callar a la única voz ética que queda en el mundo y por lo tanto la única que puede decirle al mundo que no le es permitido hacer lo que le venga en gana, sino todo aquello que sea el auténtico bien.

Ante esta realidad he constatado con dolor cómo algunos hermanos católicos se avergüenzan de ser católicos y andan con la cabeza gacha, como si creyeran todas las mentiras que algunos medios de comunicación dicen. Con esto no intento negar u ocultar la realidad de pecado de un grupo minúsculo dentro de la Iglesia, sino simplemente decir que los católicos no podemos avergonzarnos de ser católicos porque unos pocos (muy pocos) se equivocaron. Al contrario los católicos que queremos ser fieles a Jesucristo debemos avergonzarnos y odiar el pecado, y perdonar al pecador, debemos rechazar todo acto contra la moral, ser valientes al reconocer nuestros errores, pero jamás agachar la cabeza como si no hubiera solución.

Vivir la resurrección implica primero morir con Cristo

Para vivir la resurrección de Cristo auténticamente debemos primer haber muerto con él el viernes santo, solo así, estos días de pascua podrán ser vividos con auténtica esperanza y alegría. Esta muerte con Cristo implica el haber muerto a nuestro pecado, a nuestros gustos, a nuestros vicios, a nuestra soberbia y envida.; para así poder nacer a la nueva vida que nos trae Jesucristo. Pero también significa el morir a todo aquello que embota el corazón y nos impide dar testimonio con la vida de la resurrección de Jesús, esto será nuestras dudas y miedos a decirnos católicos para evitar que nos cuestionen o critiquen por los males de unos pocos.

“¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”

Este pasaje de la escritura es muy significativo y creo que en él nos vemos reflejados muchos. Las mujeres han ido al sepulcro llevando aromas para embalsamar al Maestro, ellas, a diferencia de Santa María, no han comprendido, o no han creído cuando Jesús dijo que moriría pero al tercer día resucitaría; por eso van al sepulcro, tal vez con pena, tal vez desconcertadas y confundidas, pues Aquel hombre que les prometió la vida eterna, ahora estaba muerto. Cuántas veces es nuestra actitud como la de estas mujeres, cuántas veces nos comportamos como si no confiáramos en la resurrección de Cristo, en sus promesas, y vamos por el mundo entristecidos porque el Maestro ha muerto.

Al ver la piedra movida el desconcierto aumenta en las mujeres. Es acaso también esa nuestra actitud, la de no comprender los signos que nos pone el Señor como anuncio de su resurrección, acaso también nosotros vamos buscando a Cristo vivo entre los muertos, en medio de la cultura de muerte del mundo. Dónde buscamos nosotros a Jesús, en la Iglesia o en el mundo.

Encuentro con Cristo Resucitado camino al apostolado

Pero como el Señor conoce nuestros corazones, muchas veces cegados por los resplandores del mundo, otras veces endurecidos por los problemas, calumnias y mentiras contra la Iglesia, nos dice claramente “Ha resucitado”. Me pregunto cuál habrá sido la reacción de las mujeres, cómo habrán vuelto a casa, qué pensaría, qué conversaría, la escritura no nos lo dice, sin embargo creo que una cosa es segura, no volvieron siendo las mismas, sus corazones comenzarían a comprender y a creen en Jesucristo, ya nos les quedaría duda, Jesús es el Mesías prometido.

Este encuentro con la realidad de Cristo resucitado llevó a las mujeres a anunciarlo. No se quedaron tranquilas, no se fueron a sus casas o a seguir con sus quehaceres cotidianos, sino que “cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás” (Jn. 15, 9). Es decir fueron a anunciar la resurrección de Jesús, esto es evidencia de la transformación ocurrida en su interior.

Esto mismo es lo que debe ocurrir en nuestras vidas, primero conocer y reconocer que Cristo ha resucitado, luego acoger esta verdad en nuestros corazones y finalmente dar testimonio de esta verdad, anunciar a todo el mundo que Cristo está vivo. Pero el anuncio no debe ser solo de palabra, sino, ante todo, un anuncio vivencial, es decir cada católico debe vivir con la conciencia de que Jesús ha resucitado, dando testimonio de ese acontecimiento que cambio la historia de la humanidad y de cada persona. Ya nada es igual, aquel que ha descubierto que Cristo ha resucitado no puede vivir sin esperanza en la vida eterna, no puede ir por el mundo actuando como si después de la muerte no hubiera nada más, sino que todas sus acciones deben apuntar a la meta última del cristiano: Contemplar el rostro amoroso de Dios.

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!Sobre el blog

En este blog quiero plasmar algunas de mis reflexiones sobre el Acontecer de mi vida cristiana, en este largo camino hacia la santidad a lo largo de la conversión permanente. Marca de manera particular mi reflexión la vida de San Agustín de Hipona, mi santo Patrón.

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Católicos ocultos ayer y hoy: Hay una gran diferencia

En los primeros siglos del cristianismo los que se manifestaban seguidores de Cristo, de lo que los romanos llamaban “la secta cristiana”, eran asesinados. Algunos sin embargo apostaban y volvían a sus ritos judíos con tal de no ser encarcelados o asesinados. A pesar de ello, la gran mayoría de cristianos prefería morir –al filo del metal o bajo los dientes de un león –  en vez de traicionar su fe, en vez de negar a Jesucristo, a Aquel que les prometía la vida eterna.

En épocas posteriores existían los católicos ocultos o los católicos de corazón, quienes no podían manifestarse abiertamente católicos por temor a morir, así, les tocó disimular, no sin sufrimiento, su fe, no pudiendo ni asistir a los actos litúrgicos, porque a la menor sospecha eran llamados papistas, y les tocaba el ayuno forzado, el encierro, o el cadalso.

Por ello, se sabe poco de estos católicos “famosos” que nunca pudieron demostrarlo. Un ejemplo fue Shakespeare, quien no solo era católico, sino que su misma familia lo fue y lo demuestra claramente en sus obras, sin embargo no pudo manifestarlo, por temor a las leyes dictadas por la Reina virgen y su edad dorada. Y a El Bardo de Avon hay que agregarle una larga lista de conocidos como Tallis, Marlowe, o Dowland, y una larguísima lista de católicos desconocidos quienes debían vivir de día bajo el sol abrasador que los amenazaba con delatarlos a cada hora ofrecida, a la hora del Ángelus, y por eso tenían que esperar a la noche, en la soledad de su alcoba o alrededor del hogar para poder decir sus oraciones al todo Poderoso por intercesión de Santa María, así transcurría su vida creyendo en silencio.

Algunos años más tarde los católicos volverían a enfrentarse, en diferentes países como España o México, a innombrables que por ser católicos los asesinaban si no rechazaban su fe. Vemos imágenes tan tontas y dramáticas como el fusilamiento al Corazón de Jesús, la destrucción de silenciosas iglesias, monasterios, que otrora fueron “ruidosos“ centros de cultura, arte, ciencia, libertad; en ese tiempo el único ruido que se escuchaba de ellos era el de sus muros al caerse. Así, muchos cristianos valientes perdieron, hacienda, libertad y vida, y a cambio recibieron la vida eterna junto al Salvador, al Capitán por el que daban su vida.

A nosotros nos ha tocado vivir un tiempo en que nadie es perseguido por su fe – al menos no en los ambientes cristianos – nosotros no tenemos miedo de ser asesinados si decimos que creemos en Cristo y seguimos las enseñanzas del Papa, si alguien nos reprime por eso podríamos considerarlo como intolerante (vaya palabrita). Y aunque al absurdo haya llegado a algunas naciones de raíces cristianas, que ahora prohíben el uso de crucifijos, el hábito a los sacerdotes, o incluso el persignarse, queriendo quitar a Dios de todas las esferas sociales – como si pudieran –, a pesar de ello, podemos confiar en que no nos matarán por decirnos cristianos, a lo mucho nos multarán en algunos países desarrollado (jajaja)

Entonces, me pregunto, porque siguen existiendo tantos católicos ocultos, tantos hermanos que rezan cada domingo el Creo de los Apóstoles y de lunes a sábado viven como si Cristo no existiera, como si su fe se redijera al domingo, y a alguna misa de difunto. Acaso no saben que existe el rosario, las laudes y las completas, el examen de conciencia, la lectura bíblica o la visita al santísimo. Acaso no se han enterado que pueden ser santos en su vida cotidiana, en sus estudios, trabajo, hogares, con los amigos, con la familia, con los docentes. Que ocurre con nosotros los católicos que cada día tenemos más temor de anunciar a Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación, y luego nos lamentamos de que “las sectas están creciendo”. Acaso tenemos temor de parecer cucufatos, de espantar a la gente, y nos justificamos diciendo “hay que ir de a pocos”, “primero hay que hacerles la patería (como se dice en el Perú)”. No nos damos cuenta que lo que necesita la gente es a Dios, que alguien le hable de Dios, no necesitan solo obras sociales, o grandes discursos, necesitan a Dios.

No nos ocultemos hermanos, pues “no se prende una lámpara para ponerla debajo de la cama”, seamos esa luz que ilumine al mundo, seamos intrépidos soldados de Cristo, testigos de su verdad y su amor, y por eso evangelizadores permanentemente evangelizados. Recordemos que cuando la fe se queda dentro oculta en el corazón, rezumando zozobras es porque se teme a los hombres cuando hay luz y a Dios cuando oscurece. Sea por falta de valor, o por exceso de procuras, la fe queda infértil. Solo cuando la compartimos es fructífera.

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Dar de lo que nos falta

Fui ayer a comprar un rosario a una librería católica y me sorprendí al ver a la personas que atendía, pues comúnmente veía a ahí a la señora Julia, pero esta vez estaba una religiosa, (vestida de hábito, como debe ser) la que me recibió muy contenta. Luego de elegir el rosario, comenzó a hablarme de la cruzada mariana, donde son ya más de 1 millón de personas que rezan el rosario con las letanías incluidas, o en su defecto tres Ave marías, de manera que se ha formado una cadena de oración donde todos rezan por todos. Al comienzo me mostré un poco indeciso de inscribirme, pero diez minutos después, cuando salí de la librería, llevaba en mis manos mi "compromiso" de rezar por estas personas, que también rezarán por mí.

En el camino de regreso a casa iba pensando en el Evangelio de la semana pasada (el de la viuda pobre) y veía como esta hermana no solo me había dado la oportunidad de que más de un millón de personas recen por mí, sino que me había dado todo lo que tenía, a Cristo. A simple vista se notaba que no era peruana, entonces pensaba que tal vez en algún momento tuvo muchas cosas en su vida, pero eligió la única que importa, responder a su vocación, dejar tierra, padre y madre, y seguir a Cristo hasta las alturas de Cuzco, y ahora ofrecía a todos los que se acercaban a ella todo lo que había ganado en estos años vistiendo ese hábito, signo de su matrimonio con el Señor, lo daba a Él mismo.

Entonces, pensaba en las veces que he sido mezquino con mi tiempo, con mis bienes materiales, intelectuales o espirituales;  en las veces que me los he reservado para mí, o he dado lo justo y necesario para no quedarme yo sin nada, es decir en las muchas veces que en vez de darlo todo, he dado solo lo que me sobraba, y esto no solo a los hermanos humanos, sino también a Dios, a la misión.

Por qué sigo pensando que dándolo todo me quedo sin nada, me preguntaba, y no podía responderme otra cosas que: "no confío totalmente en el Señor, en sus palabras". Acaso no ha prometido Él que nos dará el ciento por uno en la tierra y en la otra vida, la Vida Eterna. Entonces por qué no entregarlo todo, darlo todo, por amor a los hermanos que buscan a Dios, y necesitan de personas que les hablemos de Él, de su amor.

Hasta cuando seguiré quedándome con algo y dando de lo que me sobra. Dando el tiempo que me sobra, el dinero que me sobra, las fuerzas que me sobran, los pocos conocimientos que pudo tener, y que me sobran. Hasta cuando seguiré calculando en su dar o no dar, en si entregarme o no.

Hermanos, no sean mezquinos como yo, entreguen a la misión, entregáos a Cristo, "Él no quita nada y lo da todo".

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"Todo lo he cumplido desde niño"

El Evangelio de este domingo me quedó retumbando en el corazón... y de camino a mi casa he pensado muchas cosas. He dividido - que me lo permita la Madre Iglesia- este pasaje del Evangelio en dos partes y por lo tanto en dos meditaciones. La primera es sobre la figura y acciones del Joven Rico.

Lo primero que me preguntaba era: Cuántos de nosotros podemos responder como este joven, a la invitación del Señor a vivir los mandamientos par alcanzar el Reino de Dios: "TODO LO HE CUMPLIDO DESDE NIÑO". Me he asombrado del profundo amor a la Ley de Dios de este joven, y en mi seguía la pregunta: cúantos podemos decir que hemos cumplido todos los mandamientos desde niño. Yo no.

Entonces, el primera elemento de mi reflexión: este encuentro del Señor es algo que este joven - como muchos de nosotros- ha esperado desde siempre, y además el Señor en esta ocasión no ha salido a buscar a uno que no vive la Ley, sino a uno que es fiel a ella, que la ama, y practica. El Joven Rico no es cualquier persona, es uno que está convencido de lo que es bueno y anhela alcanzar el cielo: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?".

Acá un segundo elemento, "Tú conoces los mandamientos", esto le dice el Señor, no se lo pregunta, se lo afirma, porque lo conoce, porque sabe quien es este joven, sabe de sus amores, sabe de cuanto anhela ser santo, sabe de sus caídas, de sus dificultades, sabe donde tiene puesto el corazón, y es ahí donde lo cuestiona.

"Una cosa te falta todavía: vende todo lo que tienes y distribúyelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme", el Señor que es bueno y justo, sabe que el Joven Rico es un hombre bueno, sabe que siempre ha cumplido los mandamientos, que ha sido fiel a la Ley, y que lo ha hecho porque no le exige tanto, ya que ha estado acostumbrado a hacerlo siempre. Pero sabe que para llegar al cielo no basta con hacer lo que nos gusta, con lo que estamos acostumbrado a hacer, sino que hay que hacer justamente lo que se nos hace más difícil, dejar nuestros gusto, esforzarnos y exigirnos.

"Al oír estas palabras el joven se entristeció porque era muy rico", esto no quiere decir que está mal ser rico, el Señor no le recrimina ser rico, sino que lo interroga por su corazón, por sus seguridad, donde las ha puesto, es por eso que el joven se entristece, porque entiende que puede hacer todo, pero no dejar sus seguridades, no dejar aquello que tal vez tanto trabajo le ha costado conseguir. El joven ha puesto su seguridad en lo material y no puede renunciar a ello, y no ha "elegido la mejor parte" como María, sino que ha elegido seguir su propio camino, no el que le  pide el Señor, sino el que él cree es el mejor.

Oh, que sería de nosotros, de mí si el Señor me interrogara sobre esto, cuantos Jóvenes Ricos habemos, que no podemos dejar nuestras seguridades, que no queremos renunciar a lo que nos gusta, que queremos hacer lo míniom e indispensable, nunca más de lo que se nos pide, siempre el mínimo.

Si este joven que puede decir sin sonrojarse, delante de Aquel que conoce los corazones, que ha cumplido todos los mandamientos desde niño, no puede renunciar a algo que quiere, entonces me prgunto, quién de nosotros que no hemos podido cumplir los mandamientos podrá renunciar a sus gustos por seguir a Cristo, esto parece muy difícil, y como respuesta a esto el libro de la Sabiduría nos alienta a ello.

"Por eso oré, y me fue dada la prudencia, supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría.
La preferí a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella.
No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro.
La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso.
Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable".

Oremos pidiendo prudencia, nada consideremos más importante que alcanzara Cristo y ganar el cielo, meditemos en la Palabra de Dios, así nos acostumbraremos a desear las cosas de Dios antes que las del mundo, porque nadie que ha sido alcanzado por la Palabra de Dios puede quedarse tranquilo, ya que "la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón".

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No hay excusas cuando se quiere luchar

Tras estos primeros 10 años peregrinando en mi vida cristiana, creo que puedo decir algunas cosas sobre este caminar, sin ánimos de soberbia. Una reflexión que he tenido los últimos días a la luz de mi lucha contra mis pecados personales y a raíz de un diálogo con un amigo del trabajo, es que muchas veces nos justificarnos cuando no podemos, o que no queremos, algún pecado que está muy arraigado en nosotros. Una de la excusas más comunes, que he escuchado, que yo mismo he puesto, es que las circunstancias sociales, temporales, geográficas, nos condicionan e influyen de manera tan profunda que nos llevan a pecar o a no poder superar nuestros vicios y pecados, incluso no pudiendo hacer nada contra esa influencia. Si bien esta influencia existe, considero que no es cierto que no se pueda hacer nada contra esta influencia, pues cuando uno ha recorrido cierto camino en su vida cristiana, se da perfectamente cuenta de las cosas que debe o no hacer. Se da cuenta cuando se expone voluntaria o involuntariamente, a la tentación. Pienso que nos damos cláramente cuenta de cuando no estamos actuando según nuestra naturaleza, y si caemos es porque queremos caer. "Hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que quiero", esta conocida frase del Apóstol de las Gentes, me parece clave, pues el Apóstol ante reconoce lo que es bueno y por lo tanto responde a su naturaleza, y lo que no lo es y lo degrada como persona. Lo segundo que puedo constatar es que San Pablo experimenta esa continua lucha entre sus vicios y pecados y lo que realmente anhela con todo el corazón vivir: la virtud, la santidad. Una tercera cosa es que San Pablo no se creía las excusas de que la sociedad lo condicionaba de manera irremediable, sino que se daba cuenta de que el problema estaba en sí mismo, en cuanto las cosas que decidía estaba acorde con lo que su corazón anhelaba y por lo tanto con su naturaleza. Finalmente creo que la clave está en no ponernos excusas, sino luchar y seguir luchando. Aunque seamos vencidos seguir combatiendo, con las armas de la fe, con la oración, la vida sacramenta, el consejo de personas prudentes, esto último me parece que es el corolario, pues lo más sencillo es el autoengañarnos y creer que la lucha está bien cuando no es así, el justificarnos y autocontemplarnos tanto que al final no nos vemos.

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Hierba mala nunca muere

lucha

Se ha oído decir que "Hierba mal nunca muere", y como refrán ha quedado perpetuado, como una realidad que esconde una mayor.

Pues bien hoy a salir a pasear por el campo comprendí esta terrible verdad. La hierba pequeña que se va extendiendo por todo el campo, crece sin que nadie la invite, sin que nadie la siembre-sin semilla ni raíz- y no bien uno la comienza a arrancar y cree haber acabado con ella, se da cuenta que ya está volviendo a brotar.

De la misma forma, pero manera más dramática, pasa en la batalla de la vida que se libra contra el pecado. Sanguinaria batalla, donde o perece el pecado en el hombre, o muere el hombre por su pecado.

Cuando comenzamos a luchar y creemos haber vencido a nuestro pecado, es en este momento cuando tenemos que comenzar a cuidarnos, no nos hemos de confiar; pues ni bien uno ha vencido una batalla y se apresta a descansar, a curar sus heridas, y el enemigo vuelve a arremeter con más fuerza, nuevas declaraciones de guerra nos llegan a las manos.

Cuando el primer vicio vencemos, y al segundo y contra el tercero, las armas preparamos, nuevos retoños y brotes de males primeros, de esas tendencias pecaminosas que creíamos vencidas comienzan a aparecer y vuelven a surgir; por eso estar atentos, la vida es continua batalla y solo con la muerte termina.

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Estar preparados para el día del juicio

Espada

La vida del cristiano está marcada por una permanente paradoja, querer permanecer siendo y constatarse contingente. Frente a esta inseguridad, surge la pregunta de la muerte, misterio que es inevitable en al vida del ser humano, misterio que no puede pasar desapercibido en la vida del cristiano.

Que tiene de misteriosa la muerte, pues el hecho de no saber cuando nos llegará. Podemos escuchar sus pasos, oír que se acerca, incluso exponernos a ella, pero nunca sabremos cuando llegara.

Un día “llegará como un ladrón sin avisar”, es la sentencia del Señor en el evangelio, sentencia no hace sino sumirnos en la inseguridad del cómo, cuándo, y dónde, nos cogerá.
Pero esa no debe ser la máxima preocupación del cristiano, sino, el estar preparado para cuando nos llegue la hora de “pasar de este mundo al Padre”. Y la mejor manera de estar preparados es tener siempre las alcuzas llenas como las vírgenes prudentes del evangelio. Esas alcuzas son las buenas obras, nuestras luchas por ser santos, nuestras entregas, exigencias; en fin, todo aquello que nos ayude a ser santos.

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Militia est vita homini super terram

"La vida del hombre es permanente milicia", esta frase tomada del libro de Job, refleja cual es la misión del cristiano, la permanente exigencia, la continua y cotidiana conversión.

El saberse hecho para la vida eterna lo hace que su corazón se rebele ante la idea de un día dejar de ser, y peor aún de dejar de vivir- o mejor de morir- eternamente. Por eso surge la pregunta como la del joven rico al Señor "qué debo hacer para alcanzar la vida eterna" y la respuesta del Señor es sencilla, vende todo lo que tienes, tus excusas, comodidades, mediocridades, vicios; toma tu cruz y sígueme. Ya sabemos que es lo que pasa con el joven, "se marchó entristecido porque tenía muchos bienes".

Esta invitación del Señor a seguirlo, es justamente el título de este post, el estar con permanente milicia, en permanente lucha, en continua muerte a uno mismo, a nuestras mediocridades, incoherencias, comodidades. Por eso la vocación de aquel que se ha descubierto llamado a ser soldado de Cristo no es otra que estar en permanente milicia.

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El poder de creer

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Nunca en mi vida había visto tantas veces un video en youtube como lo he hecho con el video del concurso Britain’s Got Talent en el que participa Paul Potts. Un hombre que se dedicaba a vender celulares, un hombre que por su apariencia externa, como siempre dejándome llevar por las apariencias, no podía ganar ningún concurso de canto.

Parado frente al jurado, que lo interrogaba por su vida, Paul sabía que podía hacer, pero nadie más lo sabía; sin embargo era momento de que el mundo entero supiera que las apariencias son solo apariencias, que lo “esencial es invisible a los ojos”, y Paul cantó.

Hace unas semanas apareció una nueva Paul Potts, la señora con “pinta” de ama de casa de los 50’ se llama Susan Boyle. Esta sencilla mujer tuvo cautivo al público y al jurado, quienes puestos de pie la aplauden al terminar su presentación.

Que hace que dos personas como estas se decidan un día a salir del anonimato y “ser alguien” ser ellos mismo, la respuesta parece complicada pero no lo es, ello siguen sus anhelos, buscan responder a aquello que grita en lo profundo de sus corazones, creen, creen en ellos mismos, aunque nadie más crea en ellos.

“Mi sueño es pasarme la vida haciendo aquello para lo que creo he nacido”, decía con aire te timidez Paul, pero seguro de lo que quería: hacer aquello para lo que nació. Cuantos han renunciado a esta maravillosa realidad, ser lo que están llamados a ser, hacer aquello para lo que han sido creados. Cuantos se han olvidado de sus sueños, por seguir los de otros, cuántos se han conformado con volar con la bandada cuando han nacido para volar tan alto que casi pueden alcanzar el sol.

La juventud hodierna ya no cree en sus ideales, no tiene sueños y si comienza a tenerlos no falta algún adulto y otro “compañero” que le hace “pisar suelo”, que lo “baja de su nube”, porque dicen que cuanto más alto se sube más duele la caída. Sin embargo yo creo que cuanto más alto se sube más difícil es bajar.

“Il mio mistero è chiuso in me. Il nome mio nessun saprà. Dilegua, o notte, tramontale stelle, tramontale stelle. All’alba vincerò, vincerò, vincerò (“Mi misterio lo llevo encerrado dentro de mí. Nadie mi nombre sabrá. No. No!!  Disípate  oh noche, ocúltense estrellas, ocúltense estrellas. Al alba venceré, venceré, venceré”. Nessun Dorma) entonaba Paul en aquel concurso que lo hizo subir hasta donde siempre había soñado y a donde todos se lo habían negado, ahora con los pies en la tierra puede pisar las nubes sin caer, porque Paul decidió seguir sus sueños, ser quien estaba llamado a ser, sin mediocridades ni falsas ilusiones, sabía cuáles eran sus dones y decidió desplegarlos. Y lejos de caídas dolorosas vemos lágrimas de emoción y alegría por aquel que decidió dejar de ser un anónimo, uno más y ser él.

De la misma manera Susan Boyle, proveniente de una pequeña villa en Inglaterra, decidió dejar de ser mujer desempleada y dejar que sus sueños se hicieran realidad, que su corazón hablara, y cantara, por ella, que fuera ella. El público de pie y las lágrimas en los ojos son muestra de lo maravillados que quedaron todos en el auditorio, no solo por la voz extraordinaria de esta sencilla mujer, sino por ver a una pequeña mujer que se convertía en una gran estrella para posarse en el firmamento, y esto solo por querer cumplir sus sueños, por querer ser lo que siempre quiso, aquello que le gritaba en lo hondo del corazón, aquello para lo que fue creada, ser grande.

Todos tenemos sueños e ideales, ninguno es pequeño, todos son grandes, pues todos nos llevan a trascender, a ser aquello para lo que fuimos creados, aquello por lo que fuimos amados. Renunciar a nuestros sueños no solo es de débiles y temerosos, sino de porque también ellos pueden hacer realidad sus sueños. Renunciar a ellos es de muertos en vida, de aquellos que “tienen nombre de vivos, pero están muertos”.

No seamos muertos en vida, no nos dejemos llevar por el relativismo y nihilismo de nuestra sociedad hodierna, seamos grandes, seamos contestatarios, de aquellos que no nos conformamos con sobre vivir, sino que queremos vivir, no en el anonimato, sino en cómo estrellas que iluminan el firmamento; no ocultos, sino a vista de todos, para que cuando nos vean pasar todos digan “ahí va uno de los que han decidido ser grandes, de los que han decidido cambiar el mundo, de los que han decidido ser santos”.